Es una tarde de un fin de semana cualquiera. Cuatro amigas pasean juntas por el centro comercial contándose que tal les ha ido la semana. Tienen muchas cosas que contarse.
Risueñas y llenas de vitalidad van dejando en el aire ganas de vivir la vida a su paso entre la gente. Cada una tiene su historia, sus locuras ha realizar, y como siempre, cuentan una con el apoyo de la otra. Esta vez le toca a ella. Lleva mucho tiempo sin verlo, demasiado. Sabe que esta en ese campo de fútbol, y tiene que verlo como sea.
Visto así parecía sencillo, pero al tener en cuenta que la capacidad del estadio es de mas de 40000 personas, la cosa cambia. Pero a ellas no les importa, deciden iniciar su aventura. A pocos minutos del final del partido, consiguen entrar en el campo, probando suerte por una de las múltiples puertas de acceso que este posee. Gritan su nombre entre la gente, mientras miles de personas chillan a un árbitro que, según estas, nunca lleva bien a cabo su función. Pero obviamente, allí no aparecía ni Dios. Así que optamos por la otra opción, llamarlo y decirle que estábamos allí.
Tras insistir varias veces, por fin respondió. Le dijo por qué puerta salía, y quedaron en verse allí. Ella estaba atacada, no articulaba bien las palabras. ¿Pero sabéis qué? Lo vio, le pudo dar un abrazo, pudo decirle que necesitaba aquel momento, que lo necesitaba a el. Y ya ves, quien no arriesga no gana.
Llámalo como quieras, yo lo llamo destino.