Intenta estudiar. Pasan los minutos. Mirada fija en un punto del espacio. Permanece inmóvil en la silla de su habitación, con los brazos flexionados sobre el escritorio, mientras deja caer como un plomo su cabeza moribunda sobre ellos. Le pica la garganta, siente que le falta la respiración, una bocanada de aire. Sus ojos son dos mares, desoladores tal vez, aunque se asemejan también a un océano de dudas. Al fin y al cabo, tristeza.
Miles de preguntas asaltan su mente, y edifica mil y una respuestas para cada una de ellas. Pero no encajan, y por cada respuesta en vano, una lágrima más recorre sus mejillas. Anda igual que su mirada, perdida. Y recuerda una noche, y luego otra, y otra y así sucesivamente, planes de futuro, días felices prometidos, apuestas, risas, abrazos, miradas, caricias.. ilusión.
Espero que recuerdes lo que has hecho hoy, cada minuto, cada instante. Recuerda el día de hoy, porque será la última vez que vivas un día así. Espero que lo hayas aprovechado, porque mientras nosotros esperamos, el tiempo no nos espera a nosotros. ¿Pero sabes qué es lo mejor? Que eso es lo bonito de la vida, la fugacidad del momento.
Juan LT
Y ahora vuelves, una vez más, pidiendo explicaciones. ¿Qué ocurre? No obtienes nada. Obtienes no mismo que yo obtuve cuando aposté por ti, distancia. Cuando no sabes, ni te imaginas, hasta que punto me duele todo esto. Es mucho tiempo, muchos días, muchos meses así. ¿Te has parado a pensar cuantas veces me dijiste que no ibas a desaprovechar una tercera oportunidad? La has tenido, y déjame decirte que no solamente la has desaprovechado, es más, la has dejado caer por un precipicio, y a mi con ella, porque no sabes de que manera me has perdido.
A veces las cosas se tuercen, te digo por cierto, y te encuentras frente ese desierto abierto, con el hielo mudo y el coraje lento. Tan viejo como el mismo mundo el cariño y el despecho. El camino se hace andando, sí, pero un desierto es un desierto..
Ya se porque le ganó a nuestro labio el silencio, y es que el reloj no tiene el tiempo, no tiene el miedo.
El caso es que no conseguimos aislarnos del resto de este mundo, donde los humanos cambian sus sueños por aire. Dame alguna escusa que nos salve, o que nos traguen siete mares. pero no me quites el coraje..
Es una tarde de un fin de semana cualquiera. Cuatro amigas pasean juntas por el centro comercial contándose que tal les ha ido la semana. Tienen muchas cosas que contarse.
Risueñas y llenas de vitalidad van dejando en el aire ganas de vivir la vida a su paso entre la gente. Cada una tiene su historia, sus locuras ha realizar, y como siempre, cuentan una con el apoyo de la otra. Esta vez le toca a ella. Lleva mucho tiempo sin verlo, demasiado. Sabe que esta en ese campo de fútbol, y tiene que verlo como sea.
Visto así parecía sencillo, pero al tener en cuenta que la capacidad del estadio es de mas de 40000 personas, la cosa cambia. Pero a ellas no les importa, deciden iniciar su aventura. A pocos minutos del final del partido, consiguen entrar en el campo, probando suerte por una de las múltiples puertas de acceso que este posee. Gritan su nombre entre la gente, mientras miles de personas chillan a un árbitro que, según estas, nunca lleva bien a cabo su función. Pero obviamente, allí no aparecía ni Dios. Así que optamos por la otra opción, llamarlo y decirle que estábamos allí.
Tras insistir varias veces, por fin respondió. Le dijo por qué puerta salía, y quedaron en verse allí. Ella estaba atacada, no articulaba bien las palabras. ¿Pero sabéis qué? Lo vio, le pudo dar un abrazo, pudo decirle que necesitaba aquel momento, que lo necesitaba a el. Y ya ves, quien no arriesga no gana.
Con frecuencia, por no decir siempre, nos acostumbramos al día a día, y nos perdemos dentro de la rutina. En ella hay miles de personas que nos rodean a diario, y a cada una le es asignado un escalón de nuestra escalera. Algunas, toman asiento en los peldaños mas altos, están tan cerca, que no las apreciamos. Pensamos que van a estar siempre ahí, por la simple razón de que nos aterra pensar en que un día se irán, como lo hacemos todos. Solo ellas aguantan nuestros enfados, nuestras manías, nuestros secretos, y muchas veces se merecen más que eso. Hay que saber valorarlas, porque un día echas de menos lo que un día echaste de más.
Ha sido un día agotador. Yace dormida sobre la almohada mientras su mente viaja deambulando hacia ese lugar donde perfila los retales de esa historia, imaginaria de sus sueños. 2 de la madrugada. Suena el teléfono. Una llamada perdida. Su mano busca el celular. Es él. Lo llama.
-¿Qué quieres?
-¿Sigues teniendo ganas de hablar?
-Si.
-Cuando quieras.
-Dime un sitio y una hora.
-Te llamo cuando acabe.
-Esta bien.
-Adiós.
-Adiós.
Da un salto de la cama. Lleva días esperando esa llamada. Está nerviosa, y no sabe lo que le va a decir. Su cabreo crece, lo odia, pero a medida que crece su odio sus ganas de tenerlo cerca se multiplican.
Llaman a la puerta. Aguarda unos segundo antes de aproximarse a ella.
-¿Quien es?
-Yo.
No se puede creer que este allí, que haya ido. Intenta mantener la compostura y su enfado. Comienzan a hablar, a enlazar una serie de preguntas que acaban en reproches y gritos. Pero no pueden, no pueden luchar contra eso. Se abrazan. Sus cuerpos caen ligeros sobre la cama. Ella intenta escapar, pero le es imposible.
Un beso, otro, y luego otro. Son el camino que hay en medio, entre el hecho y el deseo. Se miran, y no hace falta más. A un lado un móvil, el de él, y una foto de su novia de fondo de pantallas. Pero no le importa, quiere arriesgar.
Aquella noche llegó a dos conclusiones: la primera, que un camino peligroso lo es todavía mas en la oscuridad; la segunda, que estaba irremediable y desesperádamente perdida.
Todo comienza un día, un instante que no olvidas, un hecho, y comienza ese tic tac del pasar de las horas. Y te enreda, una y otra vez, sin escapatoria, sin quererlo y sin saberlo. Intentas evadirte, pero no te das cuenta de que es tarde, que atrasar las manecillas del reloj y pasar hojas de un calendario no dan resultado, que estas perdida, que esa historia ya ha comenzado..