Ha sido un día agotador. Yace dormida sobre la almohada mientras su mente viaja deambulando hacia ese lugar donde perfila los retales de esa historia, imaginaria de sus sueños. 2 de la madrugada. Suena el teléfono. Una llamada perdida. Su mano busca el celular. Es él. Lo llama.
-¿Qué quieres?
-¿Sigues teniendo ganas de hablar?
-Si.
-Cuando quieras.
-Dime un sitio y una hora.
-Te llamo cuando acabe.
-Esta bien.
-Adiós.
-Adiós.
Da un salto de la cama. Lleva días esperando esa llamada. Está nerviosa, y no sabe lo que le va a decir. Su cabreo crece, lo odia, pero a medida que crece su odio sus ganas de tenerlo cerca se multiplican.
Llaman a la puerta. Aguarda unos segundo antes de aproximarse a ella.
-¿Quien es?
-Yo.
No se puede creer que este allí, que haya ido. Intenta mantener la compostura y su enfado. Comienzan a hablar, a enlazar una serie de preguntas que acaban en reproches y gritos. Pero no pueden, no pueden luchar contra eso. Se abrazan. Sus cuerpos caen ligeros sobre la cama. Ella intenta escapar, pero le es imposible.
Un beso, otro, y luego otro. Son el camino que hay en medio, entre el hecho y el deseo. Se miran, y no hace falta más. A un lado un móvil, el de él, y una foto de su novia de fondo de pantallas. Pero no le importa, quiere arriesgar.
Aquella noche llegó a dos conclusiones: la primera, que un camino peligroso lo es todavía mas en la oscuridad; la segunda, que estaba irremediable y desesperádamente perdida.
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